Entonces llegué a Roma, que era a donde conducían todos los caminos.
Trabajé de alfarero con un guardia jurado; mientras él juraba que trabajaba, yo trabajaba jurando en arameo. Fue una mala asociación y lo dejamos; sin acritud.
Vendía almendras tostadas y cortaúñas. En los ratos libres limpiaba casas y pintaba rejas. Eran momentos de máximo rendimiento económico, hasta incluso pensé en establecerme y fundar una familia, un emporio o algo así. Así que me puse a buscar esposa y conocí mujeres que, como todas, nunca me dijeron que sí. Tal vez no me entendieran ya que les hablaba en latín y lo hacía dándoles la espalda.
Ante tanto fracaso, fiasco, chasco, me di cuenta que el fallo estaba en mi, y decidí arrojarme a las aguas purificadoras (devoradoras más bien) del Tiber, y entonces cuando ya me faltaba el aire y me ahogaba sin remisión, vino mi madre y me despertó.
Sobre Osvaldo Guariglia (1938-2016)
Hace 10 años
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